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Ramón Rey Ardid (1903-1988)

(Autobiografía festiva)

Nací en un mes de diciembre de principios del siglo pasado, el XX para los torpes en aritmética, concretamente había corrido el año 1903, de nefasta memoria para los que murieron en él, no para ellos, que ya no pueden acordarse, sino para sus acreedores que se quedaron sin cobrar las correspondientes letras.

Fue un año nefasto, como digo, para todos mis futuros rivales de las partidas de ajedrez que jugué en mi vida, que fueron muchas y gané casi todas. Modestia aparte.

Y nefasto, también, para mis pacientes, que esperaban paciente e infructuosamente, a que yo les curase. Porque si tenéis la paciencia suficiente, llegaréis al momento trascendental de mi autobiografía en el que, para desgracia de la Humanidad, me licencié en Medicina.

Vivía intensamente la desgracia ajena y no me importaba. Cuanto mayor era ésta, mayor era el capón que me daban. Y así andaba yo, caponazo va, conejo viene, zanahorias, puerros, etc. firmando certificados de defunción.

Pero, vamos por partes.

A los 15 años ya repartía jaques mate a diestro y siniestro, como si quisiera tomar una prematura venganza por mi dura vida. No me iba a dar golpes ésta, pues ¡toma jaques!

Había por entonces en el panorama del ajedrez español, un borde llamado Golmayo, que no había manera de ganarle.

Me dije, me licencio en Medicina, me hago catedrático en Psicología, le estudio, le hago un perfil psicológico, le hago la guerra sucia, le hago las partidas imposibles y le hago fosfatina. Y así fue, porque... ¿qué otra utilidad pueden tener las ciencias psicológicas, más noble que, servir de armas para la noble liza entre dos jugadores de ajedrez avezados?

Como veréis, era infatigable y con una ética profesional intachable, servía para político.

Los enfermos, fundamentalmente, eran para mí fuente de alimentación, vestido, gastos de representación, tableros de ajedrez, etc. ¿para que otra cosa, si no, podrían servir?

A parte de los capones y los conejos, no he querido dejar, a sabiendas, ninguna pista sobre mi vida sexual. Por ello, mi biografía no despierta el más mínimo interés para los estudiosos, de las biografías y del ajedrez.

Se piensa que, los jugadores de ajedrez no tenemos apetencias sexuales, pero se equivocan. En los campeonatos mundiales, Karpov y Kasparov, hacían cambio de parejas. Cuando se retiraban a sus aposentos, se tiraban a la señora del otro, para ver quien tenía los nervios más templados.

Por eso, yo no gané nunca el campeonato del mundo. Nunca me gustó compartir mi señora con nadie, y menos con un jugador de más fuerza que yo.

Gané con gran satisfacción a Golmayo en 1929 el campeonato dé España de ajedrez, y lo perdí sin ningún placer en 1944 ante Aliojín.

Dejé algunos libros de aperturas y estrategias, que hoy no sirven para nada en absoluto, porque todo avanza en este mundo; que abandoné, el 21 de enero de 1988, lo cual, me convierte en contemporáneo o coetáneo de algunos de ustedes.

Que ustedes lo jueguen bien.

Abur

Madrid, a 2 de febrero de 2010

Luis Abad